Levantada sobre los vestigios de la ciudad galorromana de Caesarodunum, la catedral de Saint-Gatien se alza en el corazón de la ciudad que fue uno de los centros de peregrinación más célebres de Occidente y que sigue siendo una de las capitales del Valle del Loira.
Testigo de un pasado brillante y de una larga historia, la catedral de Tours se revela como un lugar destacado para los amantes del arte y de la historia, así como para quienes buscan a Dios.
Irradia en una región ilustrada por san Graciano, primer obispo de Tours, por san Lidoire, fundador de la primera catedral, por san Martín, apóstol de la Turena y de las Galias, y por san Gregorio, constructor de la basílica franca. Blanca de Castilla y san Luis contribuyeron a su construcción. Juana de Arco, reyes de Francia y la multitud de peregrinos, en el Camino de Santiago, hicieron aquí una parada.
La catedral de Tours gozó muy pronto de la protección real: los reyes de Francia son canónigos de honor desde Luis VII. San Francisco de Paula (confesor de Luis XI), María de la Encarnación (madre de la Iglesia católica de Canadá) y Léon Papin-Dupont, el «santo hombre de Tours», vinieron a rezar aquí. La catedral actual, que ha conocido una larga historia, sucede a otras tres iglesias y su construcción se extendió del siglo XIII al XVI.
Al gótico radiante, con la notable cabecera relicario, le sucede el gótico flamígero de la fachada y, por último, el estilo renacentista con el remate de las torres al gusto italiano: un verdadero tratado de arquitectura.
Una vez cruzada la portada real, lo que impresiona al visitante es la armonía de las proporciones, pero también la abundante luz que inunda todo el edificio, signo de la presencia divina.
Se puede admirar la hermosa disposición del ábside, cuyos tres niveles de ventanas, de gran unidad cromática (vidrieras del siglo XIII), forman un conjunto de notable armonía, una visión poco común en una catedral.
El coro, con sus 800 m2 de vidrieras, joya de la catedral, es una de las más bellas realizaciones del gótico radiante, digna de la Sainte-Chapelle de París.
Junto con las vidrieras del coro, los soberbios rosetones del transepto y de poniente y las nuevas vidrieras del siglo XXI, dedicadas a san Martín, dan fama a la catedral de Tours.
El altar mayor, de piedra de Borgoña, decorado con rosetas.
La girola se abre a numerosas capillas, una de las cuales alberga una obra maestra de los inicios del Renacimiento francés: el sepulcro de los hijos de Carlos VIII y Ana de Bretaña (1506).
El claustro de la Psalette, de los siglos XV y XVI, recientemente restaurado, bordea la catedral por el norte y recuerda que esta es la única de las cinco catedrales de la región Centro que ha conservado su conjunto claustral.
El espacio que revela a Dios le sobrecoge desde la entrada de la catedral, y con más intensidad aún si se sitúa en el centro del transepto, mirando hacia el levante.
Para quien quiera dejarse cautivar por la perfección de las líneas y la sinfonía de colores que derraman las vidrieras, la catedral es una
invitación a la interioridad y, para el creyente, a la oración.
A lo largo de los siglos, la iglesia catedral ha dado testimonio de la fe cada vez mayor de sus constructores y ha seguido siendo el monumento
simbólico que atrae, como aquí en Tours, a un número creciente de visitantes; sigue siendo también la iglesia viva donde se reúne
siempre el pueblo de Dios.